de San Antonio
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SAN ANTONIO, MENSAJERO DE ALEGRÍA

 

Al celebrar la resurrección de Cristo, fiesta de las fiestas, centro y cumbre de la vida cristiana, recordamos al joven San Antonio predicando en esta solemnidad, donde  dijo: “El gozo que experimentaron los apóstoles por la resurrección de Cristo, superó cualquier otro gozo que ellos tuvieron, cuando Jesús estaba todavía con ellos en su cuerpo mortal”. Aquí hay una invitación a la alegría pascual. Cantemos himnos al Señor Resucitado, vencedor de la muerte y de la mía, y entonemos también un himno de alabanza  a San Antonio, resucitado de entre los muertos:

¡Salve, Antonio, venerado
con el bello lirio blanco,
el libro del Evangelio
y el Niño Dios en los brazos!

 El candor en ti rebosa
del corazón a los labios;
con alma pura penetras
la luz del Verbo encarnado.

Sagrario de la Escritura
eres por el Verbo santo
martillo de la mentira
y bálsamo de apenados.

 A ti los pobres se acercan
buscando pan y milagros,
porque eres pobre y sencillo,
hermano entre los hermanos.

 Cristo solo es tu prodigio,
tu ciencia y poder sagrado,
Cristo en tu fe y tu deleite,
Cristo en tus brazos mostrado.

¡Honor a Cristo bendito,
presente en su pecho amado;
honor a Cristo en Antonio,
que en Cristo fue consumado!

(Himno Litúrgico de Laudes)

                                                            

 

 

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Marzo, 2014

 

LOS TRECE MARTES DE SAN ANTONIO

El origen de los Trece Martes se debe a la gran cantidad de milagros que obró San Antonio de Padua el martes siguiente al día de su muerte, 13 de junio de 1231, de tal manera que ninguno de los afligidos que le invocaron, quedó sin consuelo. Los fieles devotos de San Antonio suelen mostrar su amor al Santo, dedicando los 13 martes que anteceden a su fiesta, visitando su imagen o rezando desde casa alguna plegaria para pedirle alguna gracia especial.

Este año comienzan los trece martes el día 18 de marzo.

Cada martes: Petición de una gracia. Rezar un padrenuestro, avemaría y gloria. Terminar con el responsorio de San Buenaventura y la oración final.

RESPONSORIO DE SAN BUENAVENTURA

Si buscas milagros, mira:
Muerte y error desterrados,
Miseria y demonio huidos,
Leprosos y enfermos sanos.

El mar sosiega su ira,
Redímense encarcelados,
Miembros y bienes perdidos
Recobran mozos y ancianos.

El peligro se retira,
Los pobres van remediados;
Cuéntenlo los socorridos,
Díganlo los paduanos.

 

 

El mar sosiega su ira,
Redímense encarcelados,
Miembros y bienes perdidos
Recobran mozos y ancianos.

Gloria al Padre, Gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo.

Ruega a Cristo por nosotros, Antonio glorioso y santo, para que dignos así de sus promesas seamos.

ORACIÓN FINAL. Haced ¡oh, Señor! que la intercesión de vuestro confesor San Antonio llene de alegría a vuestra Iglesia, para que siempre sea protegida con los auxilios espirituales y merezca alcanzar los eternos goces. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

                      

 

 

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 FIESTA DE LA LENGUA DE SAN ANTONIO DE PADUA

 

El 15 de febrero se celebra el hallazgo milagroso de la lengua incorrupta del Santo de Padua, descubierta el año 1263, es decir, 32 años después de su muerte, por San Buenaventura de Bagnoregio, entonces Ministro General de la Orden Franciscana. Y aunque esta no es su fiesta principal, tiene gran relevancia para la familia franciscana, ya que este día los hermanos franciscanos sacan la reliquia de la lengua que se encuentra en la Capilla de los Tesoros de la basílica dedicada al Santo en Padua, y la llevan en procesión por las calles aledañas al templo, el domingo siguiente al 15 de febrero de cada año, al término de la Misa solemne. Así, la "Fiesta de la Lengua de San Antonio de Padua” es la segunda fiesta más importante para los devotos del Santo.

Esta fecha nos hace pensar en lo importante que fue para el Santo la predicación. Dios quiso preservar de la corrupción su lengua, que sólo supo cantar las grandezas de su Creador. Su capacidad de predicación era proverbial, al punto de ser llamado «Arca del Testamento» por Gregorio IX. Sus mensajes desafiaban los vicios sociales de su tiempo, en forma especial la avaricia y la práctica de la usura.

A lo largo de la historia de la Iglesia, las reliquias de los Santos han sido medios por los que Dios manifiesta su poder, haciendo prodigios a quienes las tocan o acuden a verlas con fe y devoción. En la actualidad, las reliquias y objetos de interés de San Antonio de Padua se exhiben en la Basílica que lleva su nombre en dicha ciudad, son más de un centenar en total, y fueron colocados en nichos a partir del año 1745. Desde entonces, por ocho siglos, los hermanos franciscanos las han custodiado.

 

                   

 

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 SAN ANTONIO CON EL LIBRO

 

 

 

Los expertos en estudiar la iconografía de San Antonio afirman que la imagen de san Antonio con el libro en las manos es una de las primeras. Los artistas se decidieron a poner ese libro como un símbolo de su profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras que el santo poseía y demostraba en sus sermones. Es algo que ya heredó desde su juventud cuando pertenecía a la Orden de los Canónigos Regulares.

Al ingresar en la nueva Orden Franciscana, san Antonio  supo conservarse  humilde y sencillo, ocupándose por entero en el trabajo manual y en la contemplación, hasta que la voz de la obediencia le obligó a mostrar los tesoros que encerraba en su privilegiada inteligencia. San Francisco de Asís no vaciló en nombrarle en una carta: “A  Fray Antonio, mi Obispo” maestro para sus hermanos, el primer maestro de los estudios franciscanos.

Los elogios a su ciencia llegaron después de su muerte. Fue el Papa Gregorio IX, quien al terminar la ceremonia de la canonización de San Antonio de Padua, le aplicó la antífona de los doctores de la Iglesia: “¡Oh doctor sublime, luz de la santa Iglesia…!” Y como lo conocía muy bien, lo apellidó “Arca del Testamento” por el profundo dominio que el Paduano tenía de la Sagrada Escritura, el libro por excelencia. Durante siglos han llovido las alabanzas del pueblo fiel, considerándolo como un insigne profeta y predicador de su siglo, hasta que el Papa Pío XII los proclamó solemnemente “Doctor de la Iglesia”.

Los fieles devotos de San Antonio tenemos que aprender a llevar el libro de las Sagradas Escrituras en nuestras manos, la mente y el corazón, si queremos ser como él “la sal de la tierra y la luz del mundo“. (Mt 5, 24-14)               


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SAN ANTONIO CON EL NIÑO JESÚS

La iconografía cristiana de estos últimos siglos ha presentado de una forma general a San Antonio con el Niño Jesús en sus brazos. Es cierto que San Bernardo de Claraval en el siglo XII y San Francisco de  Asís en el XIII, crearon dentro de sus Órdenes una corriente de devoción hacia el Divino infante, corriente a la que se incorporó la cristiandad entera al finalizar el siglo XV. Y es en este contexto cultural cuando aparece por primera vez la imagen de San Antonio de Padua con el Niño Jesús en sus brazos. Fue el año 1496. Desde entonces hasta hoy, la mayoría de los escultores y artistas  han deleitado a los fieles devotos, presentando a San Antonio  con el Niño.

Además de este contexto histórico, existía una tradición jamás desmentida y que ha llegado hasta nuestros días. Dicen los biógrafos del Santo, que un día estando San Antonio arrobado en altísima  oración, se le apareció el Niño Jesús rodeado de esplendor. El humilde franciscano, sobrecogido del todo, no sabía qué hacer, hasta que vio que Jesús, como un niño cualquiera, se le acercó, tendiéndole las manos  e invitándole a que lo tomara en sus fornidos brazos. Y así lo hizo. El corazón de San Antonio se llenó de ternura.

Cuando contemplemos tantas imágenes de San Antonio con el Niño en sus brazos, no olvidemos que San Antonio es un camino para llegar a Jesús y que un fiel devoto del Santo tiene que llevar siempre en su corazón a Jesucristo.

         

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LA MUERTE DE SAN ANTONIO

A pesar de estar muy enfermo de hidropesía, San Antonio predicaba los 40 días de cuaresma. La gente presionaba para tocarlo y le arrancaban pedazos del hábito, hasta el punto que hacía falta designar un grupo de hombres para protegerlo después de los sermones. Tras predicar una serie de días intensos durante la primavera de 1231, la salud de San Antonio comenzó a ceder y se retiró a descansar, con otros dos frailes, a los bosques de Camposampiero.

Bien pronto se dio cuenta de que sus días estaban contados y entonces pidió que le llevasen a Padua. El 13 de junio de 1231, en la habitación particular del capellán de las Clarisas Pobres de Arcella se confesó y recibió los últimos sacramentos. Entonó un canto a la Virgen Santísima “Oh gloriosa Señora, excelsa sobre las estrellas” y sonriendo dijo: “Veo venir a Nuestro Señor" y partió a la casa del Padre, como él mismo predicara una vez: “El justo está siempre preparado para volver a la casa del Padre. A las 16 horas del 13 de junio de 1231, con 39 años de edad, entregó su alma a Dios.

La gente recorría las calles diciendo: “Ha muerto un santo”. Durante sus funerales se produjeron extraordinarias demostraciones del profundo amor que se le tenía. San Antonio fue canonizado antes de que hubiese transcurrido un año de su muerte; en esa ocasión, el Papa Gregorio IX pronunció la antífona "O doctor optime”. Se le llama el "Milagroso San Antonio" por ser interminable la lista de favores y beneficios que ha obtenido del cielo para sus devotos, desde el momento de su muerte.

Al final de nuestra vida, ojalá que todos recibamos la muerte como San Antonio cantando, rezando a la Virgen,  sonriendo y diciendo con  fe: “Veo venir a nuestro Señor”.

                          

 

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 ESPÍRITU MISIONERO DE SAN ANTONIO

 

En los albores de su vida franciscana, San Antonio tuvo el sueño de ser misionero. Se embarcó para Marruecos, pero una grave enfermedad le obligó a renunciar a este ideal. Sin embargo, nadie pudo apagar el fuego de evangelizar que ardía en su corazón. Una de sus actividades apostólicas más arriesgadas la realizó en el sur de Francia, intentando frenar la herejía de cátaros y albigenses, cuyos errores anticatólicos dividían al pueblo cristiano.

Antonio logró con su convincente elocuencia numerosas conversiones, recibiendo el título de "martillo de los herejes". En uno de sus sermones instruía a los cristianos sobre las cualidades del buen predicador con estos consejos:

 ·       “Los predicadores son los pies de Cristo. Ellos le llevan por todo el mundo”.

·       "Deben ser sumamente humildes".

·       "El testimonio de su vida debe ser su arma de persuasión".

·       “Pescadores de almas, si desean recoger las redes llenas, no deben echarlas en su propio nombre... sino en el nombre de Jesucristo".

En este mes de octubre en que celebramos la Jornada Mundial de las Misiones, estas máximas de San Antonio nos estimulan a renovar nuestra misión profética en una sociedad donde abundan las herejías, sectas y grupos que afectan seriamente al cristianismo. El auténtico profeta vive el mensaje que predica. Habla con decisión y claridad. Respalda sus palabras con la autoridad de sus actos.

El novelista francés Albert Camus escribió: "El papel de los cristianos es gritar, pero yo no les oigo ". Los cristianos deberíamos gritar más contra la mentira, la injusticia, el odio, la guerra, el hambre, la destrucción de la naturaleza;  y sobre todo, actuar con eficacia para eliminar el mal de la sociedad. Necesitamos reavivar la fuerza profética del cristianismo a ejemplo de Antonio de Padua.

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SAN ANTONIO,

 

UN ENAMORADO DE LA IGLESIA

Para san Antonio, que vivió en el siglo XIII,  el amor a la Iglesia fue pasión y sufrimiento. Por una parte se sentía orgulloso de ser hijo de la Iglesia, pero le estremecía la realidad  de aquella Iglesia medieval con tantas limitaciones. La sublime reforma querida y propuesta por el Concilio IV de Letrán corría el riesgo de quedarse en un ideal irrealizable.

Por eso, Antonio  habla de su Iglesia con la pasión, libertad y esperanza de un profeta. En sus sermones interpela valientemente a todos con frases como estas: “El clero calla y se enriquece, se mancha con la simonía y el concubinato, prefiere los vestidos lujosos a las virtudes, el poder al servicio. Hay falsos religiosos saciados de alabanzas humanas, divididos entre ellos y pobres en frutos espirituales. Los fieles están enfermos de lujuria, avaricia, usura, violencia, abuso del poder” (Sermones, 1,34)

Con estas palabras, San Antonio se dirige a toda la Iglesia: sacerdotes, religiosos y fieles, invitándoles a una sincera conversión. Esto es una crítica constructiva, no como la que hoy hacen muchos medios de comunicación cuando hablan de la Iglesia. Se les nota que a veces, ni buscan el bien de la Iglesia, ni dicen toda la verdad, sino que destacan lo que más daño puede hacerle y destruirla.

Amar a la Iglesia como un hijo ama a su madre significa atender a sus necesidades, desvivirnos por ella, excusar sus defectos sin que por ello los bendigamos, destacar sus virtudes, intentar que otras personas la conozcan y la amen como nosotros.

Corremos el peligro de edificar una Iglesia que sea creyente y no sea creíble.

Esta es la invitación que hoy nos ofrece San Antonio: Edificar una Iglesia creíble, en medio de una sociedad secular, plural y crítica.

La Iglesia demostrará ante el mundo de hoy que es creíble, si actúa en consonancia con el mandato principal de Jesús, que fue el de la fraternidad universal: amar a todos y siempre.

 

 

                                   Félix L. Serrano

 

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LAS AZUCENAS DE SAN ANTONIO

 La mayoría de las esculturas y cuadros artísticos colocan un ramillete de azucenas en las manos del Santo de Padua. ¿De dónde procede este gesto y qué significa? Puede haber muchas interpretaciones.

En primer lugar, se puede afirmar  que devotos anónimos, en distintas iglesias y en diversas épocas, depositaron ramos de azucenas al pie  de las estatuas de San Antonio para adornar su figura. Esta hermosa tradición  se conserva todavía en muchos lugares.

Por otra parte, las azucenas, por su deslumbrante blancura, por la fragilidad de sus pétalos que se desprenden al menor roce, y por su exquisita fragancia, han pasado a figurar en la literatura universal, y más aún, en la religiosa, como el símbolo de la inocencia y el candor. Por eso, el colocar azucenas en las manos de san Antonio, es un símbolo de esa virtud que brilló en su vida y es la castidad. Una virtud difícil. La castidad de Antonio no es un regalo que nada cuesta. Es algo que se gana a pulso, día a día, en una lucha sostenida frente a los impulsos de la naturaleza y el dominio de toda tentación sexual desordenada.

En una sociedad como la de hoy, donde tanta prioridad tiene el placer y el ansia de disfrutar de todo, que el ejemplo de san Antonio, hombre de corazón puro y casto, nos ayude a conseguir esta virtud.

 


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JUNIO, 2013

                    SAN ANTONIO, DOCTOR EVANGÉLICO

San Antonio es muy festejado y venerado especialmente en su fiesta del 13 de junio. Sin embargo es poco conocido e imitado. Hoy vamos a destacar su profundo estudio y amor  a la Biblia. La permanencia  en el Monasterio  de Santa Cruz de Coímbra debe tenerse en  cuenta para explicar el origen y la extensión de la ciencia de San Antonio. Fueron años de intenso estudio y  de fervorosa oración. La Sagrada Escritura y los Santos Padres fueron las fuentes de su ciencia.

El P. Locatelli, en el conjunto de los sermones del San Antonio ya publicados, cuenta  3.207 citas del Antiguo Testamento, y 1.178 del Nuevo. También aparecen numerosas citas de los Santos Padres como de  San Agustín, San Gregorio Magno, San Bernardo, San Jerónimo, San Isidoro de Sevilla, San Juan Damasceno, etc.

Oyéndole predicar el Papa Gregorio IX quedó lleno de admiración y le llamó “Arca del Testamento y Armario de las Sagradas Escrituras”.

El Papa Pío XII añadió: “Mas por cuanto Antonio hizo uso muy frecuente de textos y sentencias tomados del Evangelio, con toda justicia y derecho, se le debe dar el título de “Doctor Evangélico”. Y yo, con la plenitud de la autoridad  apostólica, declaro a San Antonio de Padua, Confesor y Doctor de la Iglesia universal”.

 

Pidamos al Santo en su fiesta, no sólo remedio a nuestros males y problemas, sino que nos infunda ese amor profundo que él tuvo a la Sagrada Escritura.

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MAYO, 2013

 SAN ANTONIO Y LA VIRGEN

 Tan pronto como San Antonio llegó al uso de razón, su madre, como un día lo hicieron nuestras madres, supo infundir en el tierno corazón de su hijo un amor  profundo y ardiente a la Virgen. Era para Antonio la mejor madre que pueda soñar un niño. Por eso, al dirigirse a Ella solía lIamarla con el diminutivo portugués Mamasinha, que colmaba de ternura su infantil corazón.

Ese amor filial fue creciendo hasta constituir una de las características más acentuadas de su espiritualidad. La Madre del cielo fue para San Antonio, la radiante estrella que iluminó sus pasos por la vida y lo condujo por la senda de la más alta perfección. Guía y modelo que se empeñó en reproducir a lo largo de su corta vida.

El ilustre y renombrado biógrafo del Santo, Locatelli, escribió a comienzos del siglo pasado: "Sin duda alguna, San Antonio deberá ser contado entre los paladines y cantores de las glorias de la Virgen". Y en efecto, una vez que  inició su vida apostólica en aquel siglo XIII, siendo ya franciscano, defendió en la cátedra y en el púlpito los privilegios marianos como el de la Inmaculada y la  Asunción, que la Iglesia oficial tardaría todavía siglos en declararlos dogmas de fe. En uno de sus sermones escribió allá por el año 1230: "El Padre revistió a su Hijo con una vestidura blanca, es decir, de una carne limpia de toda mancha de pecador, concebida de la Virgen Inmaculada".

Mes de mayo, mes de María. El amor a la Virgen, lejos de desvincularnos de su inmediata referencia a Cristo, nos ayudará a poner en práctica el popular
slogan que dice: "Jesús por María". 


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ABRIL, 2013

 

SAN ANTONIO, EL PROFETA

 

El concepto de San Antonio que existe entre los cristianos, incluidos sus muchos devotos, peca de superficialidad y milagrero. La realidad es que Antonio de Padua se presentó en lo alto de la Edad Media con el empuje arrollador de un gran profeta. Es un impetuoso mensajero que clama en sus sermones contra la corrupción de la Iglesia de su tiempo y contra los odios y guerras, explotaciones y abusos de la sociedad civil. Denuncia con valentía y audacia bíblicas a determinados sectores de la Jerarquía, que dejaban mucho que desear Y a los responsables de una sociedad dividida y enfrentada entre mayores y menores, entre señores y vasallos. Cuando uno lee en sus sermones impresos que todavía se conservan estas palabras proféticas, se queda sobrecogido. Por descartado que este amor a la verdad y la justicia le debieron acarrear muchos disgustos. Pero él siempre tuvo la paz en su alma con el deseo de ser fiel a Jesucristo, y por el ansia de crear una Iglesia más auténtica y un mundo más justo. El Concilio Vaticano II afirmó: “Jesucristo, el gran Profeta que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la Palabra, cumple su misión profética no sólo a través de la Jerarquía que enseña en su nombre, sino también por medio de los laicos”. Con estas palabras dejó muy claro el carisma profético de todos los cristianos. La misión específica de todo bautizado es anunciar el reinado de Dios en el mundo. No nos olvidemos de contemplar en San Antonio esta faceta de ser profetas en esta época actual que tanto necesita de difundir la verdad y la justicia.  

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MARZO, 2013

 

SAN ANTONIO, EL CONTEMPLATIVO

 

Mucho se ha hablado y escrito de la elocuente predicación de San Antonio, de sus múltiples y maravillosos milagros; y muy poco de la fuente en la que bebía a raudales la ciencia, el conocimiento, el amor a Dios y a los hombres. Y ese manantial era la oración.

 

Estamos acostumbrados y nos resulta familiar la imagen de un San Antonio extrovertido, simpático, amigo de los pobres y enfermos, con olor de multitudes que le buscan para remediar las cosas perdidas y complicadas; y fácilmente perdemos de vista algo muy íntimo y esencial de su personalidad: la del hombre religioso, sumergido en la adoración al Padre, locamente enamorado de Cristo pobre y crucificado, fiel a su espiritualidad franciscana.

En una gruta salvaje construida sobre la roca de los Apeninos, san Antonio pasó un año entero en el eremitorio de Monte Paolo, alejado del mundo, entregado a la oración y contemplación, antes de lanzarse  al apostolado, a la vida activa, al trato directo con el público.

Al igual que su Maestro y Modelo Jesucristo, Antonio, entre un compromiso y otro, y después de unas campañas intensas de misionero popular, se retiraba a la soledad del eremitorio, a fin de dedicarse unos días exclusivamente a la oración. He aquí un modelo para imitar: Junto a nuestras actividades cotidianas, no olvidemos  el retirarnos al silencio de un templo para estar a solas con Dios y orar intensamente hasta llenarnos de su Espíritu.

 

                                      Félix L. Serrano

 

 

 

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FEBRERO, 2013

 

 

SAN ANTONIO, EL SANTO DE LOS POBRES

 

Desde hace muchos siglos atrás y  siempre, a San Antonio se le ha venido llamando el “El Santo de los pobres”, y hasta se puede decir de todos los marginados y excluidos de la sociedad. Los fieles devotos del Santo dicen en el responsorio:

“Si buscas milagros, mira muerte y error desterrados, miseria y demonio huidos, leprosos y enfermos sanos”.

 

 

Esta letrilla recitada de memoria por sus devotos nos tiene que hacer pensar en la realidad de nuestro mundo, plagado de pobres, y mucho más en esta época en que la crisis mundial  ha multiplicado el número de parados, pobres, enfermos, drogadictos, delincuentes, etc.

Marginados podemos considerar hoy también a muchos ancianos a los que no gusta mantenerlos en casa porque molestan. Ancianos solos y mal atendidos porque no encuentran una Residencia que les acoja por ser muy caras.

Marginados son también la multitud de inmigrantes que han llegado cargados de pobreza, sin familia, sin techo, sin trabajo y con una cultura diferente a la que ellos han vivido. Por desgracia, todavía sigue existiendo el racismo, orillando a hermanos nuestros por ser de distinto color.

A San Antonio no sólo tenemos que pedirle favores, sino que espera que sus fieles devotos sigan su ejemplo de amor a los pobres y marginados de nuestro mundo. Como escribía San Benito hace siglos: “Hay que poner un cuidado especial al recibir a los pobres, porque es sobre todo en ellos, donde se recibe a Cristo”.

                          Félix L. Serrano

 

 

 

 ENERO, 2013

   
                       SAN ANTONIO Y LA PAZ
 
En un contexto  social similar al nuestro, vivió y actuó Antonio de Padua. En el siglo XIII,  en tiempo del Santo, había una Italia revuelta y dividida entre dos partidos, “güelfos y gibelinos”, que se enfrentaban hostilmente con revueltas y derramamiento de sangre. Esta situación política  tuvo que afrontar en la predicación y en la vida el santo de Padua. Su colaboración desinteresada y generosa para el mutuo entendimiento entre ambas partes, su aportación valiosa y efectiva en pro de la justicia y la paz, la reconoció de una manera solemne y oficial  el papa Gregorio IX en la bula de su canonización refiriéndose a San Antonio  con estas palabras: “…al gran reconciliador que, a su paso por el mundo, dejó una estela de bondad y comprensión, cooperando espléndidamente a la unificación de los hombre entre sí y con Dios”.
 
Los que nos profesamos discípulos de Cristo debemos intentar por todos los medios seguir esa estela de paz. Y junto con la paz, hay que reclamar la justicia como algo vital e imprescindible. Fue el Papa Pablo VI quien creó el 6 de enero de 1967, la Comisión de “Justicia y Paz”, con esa finalidad de contribuir a la solución de conflictos y crear paz en la sociedad, desde un ángulo doctrinal, pastoral y apostólico. Respaldada por la Comisión Episcopal de las naciones se ha extendido en todo los países, y así también lo ha hecho la Orden Francisca