de San Antonio
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JULIO, 2014

SAN ANTONIO Y EL AMOR A LA NATURALEZA

 

Cuando san Antonio, en plena juventud, inició su vida franciscana, fue destinado a vivir en una ermita, en el lugar llamado Montepaolo, situada en las estribaciones de los Apeninos, frente a la llanura del Po. Allí vivían seis hermanos según la “Regla para los ermitaños”, dictada por San Francisco de Asís en 1218. Vivir en la soledad de una ermita, en medio de la naturaleza, fue un tiempo de gracia para nuestro Santo. Su espíritu franciscano fue ejercitándose, como el Santo de Asís, en alabar y bendecir al Creador por todos los encantos que nos ofrece la creación.

En la vida de san Antonio hay ciertas semejanzas con San Francisco a quien conoció personalmente.

El franciscano Juan Bautista Gomís  analiza dos sermones de estos dos grandes santos con sus semejanzas y diferencias. San Francisco predica dulcemente a las aves del cielo, y San Antonio a los peces del mar. San Francisco manifiesta en su sermón  una efusión cordial, un canto a la Providencia divina, una comunicación fraterna con las criaturas de Dios. Y San Antonio pretende con su discurso a los peces, la conversión de los herejes, el triunfo de la verdad cristiana. Aquí aparece un San Francisco más poético, todo corazón, y un San Antonio más reflexivo y racional para convencer a los increyentes del error de sus vidas.

 

Las vacaciones de verano nos ofrece la oportunidad de vivir más en contacto con la naturaleza.

Podemos amarla, respetarla y defenderla de tantos incendios veraniegos que la destruyen. El movimiento ecológico que se va desarrollando en la sociedad, no tiene que ser una simple moda o un puro folklore. Nos brinda la ocasión de aprender a mimar la naturaleza. Todos tenemos que sentirnos ecologistas. Decía el escritor Víctor Hugo: “Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla, mientras el género humano no escucha”.



 

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SAN ANTONIO, EVANGELIO VIVIENTE

 

San Antonio nació en la ciudad de Lisboa el año 1195, y le pusieron por nombre Fernando. Solamente 36 años duró su existencia terrena. Los primeros catorce años  los pasó en la escuela episcopal de su ciudad natal. A los quince, pidió entrar en los Canónigos Regulares de San Agustín; y a los veinticinco,  recibió la ordenación sacerdotal. Estos primeros años se caracterizaron por una búsqueda diligente y activa de Dios, por el estudio intenso de la teología y por la maduración y perfeccionamiento interior.

Habiendo conocido a los Hermanos Menores, seguidores de San Francisco de Asís, sintió una profunda llamada a evangelizar, y el año 1220 dejó su monasterio de los Canónigos Regulares e ingresó en la Orden Franciscana, donde permaneció once años, viviendo con radicalidad una entrega total a Cristo. Así lo expresaba en uno de sus sermones: “Por ti hemos dejado todo y nos hemos hecho pobres. Pero dado que Tú eres rico, te hemos seguido para que nos hagas ricos… Te hemos seguido como la criatura sigue al Creador, como los hijos al Padre, como los niños a la madre, como los hambrientos el pan, como los enfermos al médico… (Sermones II, p. 484)

El santo papa Juan Pablo II, con motivo de la celebración del VIII Centenario del Nacimiento de san Antonio, proclamó en su mensaje: “Toda su predicación fue un anuncio continuo e incansable del Evangelio. La predicación era su modo de encender la fe en las almas, consolarlas e iluminarlas. Construyó su vida en Cristo. Las virtudes evangélicas, y en especial, la pobreza de espíritu, la mansedumbre, la humildad, la castidad, la misericordia y la valentía de la paz, eran los temas constantes de su predicación”.

San Antonio muró  en la ciudad italiana de Padua, en la tarde del 13 de junio de 1231. Sus restos mortales se veneran en una preciosa Basílica.

 

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SAN ANTONIO Y LA VIRGEN MARÍA

San Antonio de Padua, insigne predicador, escribió sermones, llenos de ciencia y  elegancia, de los cuales se conservan seis sermones sobre la Santísima Virgen, de la que era devotísimo. Fue un gran mariólogo de la alta edad media. Con motivo de la fiesta de la Natividad de María, dejó escrito: “Como el lucero de la mañana entre tinieblas, así brilla María en su nacimiento…María es el lucero de la mañana, más luminoso que todas las demás estrellas, que brilla en su nacimiento por tres cosas: por la exultación que procuró a los ángeles, por su pureza, por la luz que trajo a todos los hombres: como Aurora anunció la cercanía del Sol de justicia. Y como hay diferencia en claridad entre estrellas y estrellas, así el nacimiento de la Virgen aventajó en pureza al de todos los otros santos”.

La devoción a Nuestra Señora, la pone el Santo en cinco cosas, que voy a indicar brevemente:

1. En alabar a María, como la mujer del Evangelio. Dice también: “Por el sábado que pasó María junto al sepulcro de Cristo, en su honor celebramos el sábado los fieles cristianos”.

2. Meditar, contemplar y vivir los misterios, es decir, los de Cristo y de María.

3. Invocándola continuamente, como lo hacía el Santo desde niño: “Clamemos en toda hora y momento: Ave María”.

4. En imitar sus virtudes y en un amor diligente: practicar la virtud por amor a Jesús-María.

5. En las públicas alabanzas y en predicar sus privilegios, en la celebración de sus fiestas, como lo hacía él, predicador incansable de las glorias de María.

 

(Textos tomados directamente de la obra de SAN ANTONIO, parte IV, LA MARIOLOGIA del Santo, Tip. Poli. Vaticana, Roma, 1947, ed. Italiana).

 

Félix L. Serrano

 

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