de San Antonio
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EN EL CENTENARIO DE LA ORACIÓN POR LA PAZ

ENER0 2015

OLVIDÁNDOSE, SE ENCUENTRA

         La oración por la paz, como el mismo evangelio, emplea a veces, el lenguaje de la paradoja. Ésta, por extraño que parezca, ensancha el campo del sentido porque nos hace ver las cosas de manera más evidente. Cuando se dice, por ejemplo, como en este caso, que olvidándose uno de sí mismo, dejando de ser siempre el centro, ensanchando el horizonte para que los demás tengan también un sitio, es cuando uno se encuentra a sí mismo, halla más sentido a su vida, mejora su calidad humana y espiritual, resulta cierto.

 

     Jesús de Nazaret ha hecho de su vida una paradoja viviente.

 Se ha dado a los demás y, por eso, como dice san Pablo “Dios lo ha exaltado”. Se entregó sin reservas a los otros, y esa fue la manera de encontrar el camino que le iba marcando el Padre. Desde ahí puedo decir que el buen ciudadano del Reino había de “olvidarse” de su padre y de su madre. No quiere decir ello que haya que alejarse de la familia, sino que en el “olvido” generoso hay una posibilidad mayor de encuentro, incluso con la propia familia.

 San Francisco de Asís

Algo parecido le ha pasado a Francisco de Asís. Él, tan centrado en sí mismo, en los años de su juventud, ha ido elaborando una espiritualidad de desprendimiento y de “olvido” que le ha llevado a encontrarse con el corazón de muchas personas, e incluso de los animales y de la creación. Tenía “terror” a la apropiación egoísta que no mira más que al bien propio. Por eso escribía cosas como ésta: “¡Ay de aquel que retiene de manera egoísta los favores que Dios le da y no los ofrece a los demás generosamente y los guarda en vistas a una recompensa. Ese tal ya ha recibido su premio y poco fruto cosechan los que lo oyen” (Admonición 21).

Aun hoy día nos estremece quien se da a los demás sin esperar nada a cambio. Nos ha maravillado que un país como Cuba, sin democracia y tachado de comunista y nada católico, haya enviado más de 250 cooperantes sanitarios a los países de África afectados por el ébola. ¿Qué país de los llamados “cristianos” ha hecho semejante gesto de generosidad? ¿Quién se ha dado realmente al otro, al débil? Estos cooperantes reciben, lo sepan o no, aquella palabra del Evangelio: “Dad y Dios os dará” (Lc 6,38).

El papa Francisco ha hablado en su documento “La alegría del Evangelio” del fenómeno de “la conciencia aislada” en la que “ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza de la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (nº 2). Son palabras sabias. La conciencia aislada es aquella que piensa que la situación de los demás, sobre todo si son frágiles, nada tiene que ver con él. No dar respuesta al sufrimiento ajeno es ser, un sujeto moral inhumano y alejado del Evangelio.

Abrimos un nuevo año, una nueva oportunidad que Dios nos pone delante.

No estaría mal hacer el propósito de “descentrarse” un poco de uno mismo, de “olvidarse” solamente de lo que me interesa a mí y hacer algo de hueco a las situaciones de los demás en mis propias opciones y planes. Ese es el deseo de Dios para nosotros porque Dios quiere que seamos dichosos todos, no solamente algunos, que se reconozca la dignidad a todos, no solamente a unos pocos, que participemos de los bienes del planeta, no que éste sea predio solamente de unos privilegiados.

 

          Amigo y amiga lector del Mensajero, acepta como un regalo del hermano Francisco la verdad hermosa de que, si te olvidas un poco de ti mismo para darte a los demás, te encontrarás más humano, más feliz, más creyente, más franciscano.

 

DICIEMBRE, 2014

 

DANDO ES COMO SE RECIBE

 

          La oración por la paz, que la piedad ha atribuido a san Francisco, concluye con una breve serie de pensamientos paradójicos. La paradoja ensancha el campo del sentido, suscita la pregunta, lleva a un terreno de novedad. Eso ocurre en la paradoja “Dando es como se recibe”. Cualquiera diría que no, que dando es como te quedas sin nada, que el otro sale enriquecido y tú que das, empobrecido. Pero esto es solo la apariencia.

La paradoja lleva al terreno de lo profundo. Y allá se ve que, efectivamente, cuando uno da, cuando es generoso, recibe una serie de valores y de bienes humanos de mucha calidad. Recibe coherencia, sensibilidad nueva, cercanía al débil, paz interior, certeza de que está contribuyendo al bien.

 Jesús de Nazaret ha usado mucho la paradoja. Ha dicho que sirviendo se puede estar contento (Mc 9,35), que desacumulando es como te ganas un tesoro más grande (Mt 6,20), que siendo solidario eres rico para Dios (Lc 12,21). Apuntaba Jesús a otro fondo, a otra realidad. En sus propuestas paradójicas brilla la luz de la novedad, un nuevo sentido de las cosas.

 Podemos decir que Francisco de Asís ha sido un adelantado en el dar y que, por ello, ha recibido mucho, de Dios y de las personas.

Dar, sobre todo a los frágiles, fue para él una actitud constante de aquellos días iniciales de su proceso cristiano en que “dio” una gran cantidad de dinero a los pobres fruto de una venta de telas por la que su padre le llevó a los tribunales. A lo largo de su vida dio con una generosidad que le llevaba a dar porque, según, él “hay que devolver a Dios” lo que nos da cada día. Y se devuelve dándoselo al necesitado.

Es ejemplar aquella escena que cuenta Tomás de Celano  (2C 91) en que da a una madre de dos religiosos, muy pobre, un ejemplar del Nuevo Testamento para que lo venda y pueda comer. El planteamiento es de una hermosura incuestionable: “Da a nuestra madre el Nuevo testamento para que lo venda y remedie su necesidad, ya que en él mismo se nos amonesta que socorramos a los pobres. Creo por cierto que agradará más a Dios el don que la lectura”:

 

Puede parecer que la sociedad de hoy es extremamente egoísta, que todo el mundo piensa solamente en lo suyo. Pero no es así. Basta que recordemos lo ocurrido en estos meses atrás en el asunto del ébola. Misioneros como Miguel Pajares o Manuel García Viejo; sanitarios entregados como Teresa Romero; los más de treinta infectados de Médicos Sin Fronteras. Personas que han dado, desde diversos lados, con una generosidad que nos aturde. Si esto es posible en nuestro mundo de hoy es que todavía hay esperanza para la familia humana. Esta clase de personas son lo mejor de nuestra sociedad.

En el acto de dar, entregamos sin esperar nada a cambio más que la inmediata satisfacción que produce hacerlo. Si es así, cuando hemos entregado todo de nosotros y al final las cosas no salen, no ha sido “para nada”, pues eso implicaría que lo que intentábamos hacer era invertir lo que dábamos. Y no se trata de invertir, sino de dar. Es entonces cuando se abre para nosotros la fuente del don.

Es Navidad, buen tiempo para dar. Muchos necesitados esperan nuestra solidaridad creciente, aunque estemos en momentos difíciles. Y más aún, lo importante no es solo dar sino, sobre todo, darte. Ahí está el secreto de la encarnación de Jesús.

 

Fidel Aizpurúa Donazar 

 

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NOVIEMBRE, 2014

 

QUE NO BUSQUE TANTO SER AMADO COMO AMAR

 

          Parece que los humanos solamente sabemos amar en maneras simétricas: yo te amo, pero pido, en justa correspondencia, que tú me ames. Si yo te amo y tú no me amas, el amor no brota, no puede seguir nuestra relación. Los amores simétricos son muy hermosos, pero, a veces, son imposibles. ¿Qué pasa cuando se rompe la simetría? ¿Es entonces posible el amor? Eso es lo que plantea la oración por la paz: ¿cómo seguir amando aunque el otro no me ame, porque no pueda o porque no quiera? El problema es muy real porque en la vida se dan mil situaciones de amor asimétrico.

 

          Hay un antecedente en la misma persona de Jesús.

San Pablo lo dice con claridad: “Jesús murió por nosotros cuando éramos aún pecadores” (Rom 5,8). Es decir, Jesús funcionó con un amor asimétrico, amó aunque no podíamos pagarle, no teníamos fuerzas. Más aún, vino a decir que ese amor asimétrico suyo habría de ser el distintivo de los cristianos, su seña de identidad: “amar como yo os he amado” (Jn 13,34-35). Por más que nos cuestione, las señas de identidad del seguidor de Jesús no versan sobre asuntos religiosos, sino sobre cuestiones de amor asimétrico.

 

          El mismo Francisco de Asís ha funcionado con esos parámetros:

Ha amado asimétricamente a su propia familia, a su padre Pedro y a su hermano Miguel que no comprendieron nunca sus opciones; ha amado asimétricamente a su ciudad de Asís que lo trató mucho tiempo como un loco; ha amado asimétricamente a los pobres, mendigos, leprosos, gentes de los caminos que muchas veces se aprovecharon de él; ha amado asimétricamente a la estructura de la Iglesia que siempre le quiso atrapar pero él la sirvió en libertad; y sobre todo ha amado asimétricamente a sus propios hermanos con los que disfrutó mucho y con los que sufrió otro tanto. Nunca dejó de ser hermano aunque el horizonte se oscureciera. Hizo suyo ese lema de buscar antes amar que ser amado.

 

          Ya hemos dicho que el amor asimétrico llama a nuestras puertas cada día.

Pongamos un par de ejemplos. En la vida familiar, entre padres e hijos, entre hermanos, surgen con frecuencia problemas de convivencia de gravedad. La manera de funcionar es, generalmente, de simetría: si tú eres un problema para mí, ahí te quedas. ¿Se podría funcionar de otro modo? ¿Podríamos mantener los lazos familiares aunque sea con dificultad? ¿Los resultados no serían mejores?

          Un asunto social: el voluntariado.

Hacer algo por el débil social conlleva, a veces, que esas personas no solamente no reconozcan el bien que se les hace, sino que, injustamente, zahieran y censuren a quien les hace bien porque tienen delante a una persona buena que no les va a devolver el maltrato o la palabra dura. Pues bien, si ese voluntario vuelve a trabajar y se echa a espaldas el oprobio del débil social, si sigue considerándolo como una persona respetable a la que hay que seguir ayudando, se da entonces el amor asimétrico, el amar antes que ser amado.

          Qué bien lo cantó Amancio Prada con aquel poema de A. García Calvo que se titula “compañera”:

 

“Para siempre me tienes a tu vera,
la querencia me aposta a tu costado,
y si acaso me ausento de tu lado,
tendida junto a ti dejo mi estera”.

 

          El otoño es tiempo de meditación. Es un anhelo muy profundo este de vivir los amores asimétricos. Pero estos son el verdadero cimiento del amor y de la vida.

 

 

Fidel Aizpurúa Donazar

 

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OCTUBRE, 2014

 

 

 

QUE NO BUSQUE TANTO SER COMPRENDIDO COMO COMPRENDER

 

 

 

Una de las maneras más vulgares pero más animadoras de apoyarle a uno es decirle: “Te comprendo”. No siempre resulta eficaz, pero, como decimos, anima. Decir “te comprendo” es, de algún modo, sugerir que me pongo en tu lugar, que trato de entender tus razones y que me hago cargo de aquello por lo que estás pasando.

 

Muchos desajustes vienen por el simple hecho de sentirse incomprendido, que es casi lo mismo que sentirse rechazado. En ese sentido es cierto que la incomprensión, más que imposibilidad de comprender, es imposibilidad de sentir, de hacerse cargo, de sintonizar en lo profundo. Esa falta de sintonía vital es la que causa el desasosiego hasta límites notables.

 

Como todos los grandes de la vida y de la fe, Francisco y Clara de Asís, han sido personas fuertemente incomprendidas, sobre todo en sus inicios.

 

Francisco fue llamado “loco de Asís” (él mismo se atribuyó luego tan singular apodo) y tuvo que aguantar los menosprecios de su padres, Pedro Bernardone, que pensaba que había perdido el juicio, y las puyas de su hermano Miguel que aprovechaba cualquier ocasión para reírse de él. Y Clara de Asís recuerda en su Regla que “El bienaventurado Padre, considerando que no teníamos miedo a ninguna pobreza, trabajo, tribulación, menosprecio y desprecio del siglo, antes al contrario, que los teníamos por grandes delicias, movido a piedad, escribió para nosotras una forma de vida” (RCl 6,2). Es decir, su aventura evangélica fue amasada en incomprensión.

Por eso mismo, cuando la oración dice que prefiere comprender que ser comprendido, no habla desde la teoría, sino desde la más cruda realidad. Solamente quien ha sentido la incomprensión en sus entrañas, quien ha sorbido las lágrimas que produce la exclusión, quien se ha visto marginado sin causa es quien puede orar limpiamente de esta manera.

 Pero el éxito de esta oración está en un giro que se ha verificado ampliamente en la vida de Francisco: se trata de cambiar el “que me comprendan” por el “yo te comprendo”. Eso es justamente lo que han hecho Francisco y Clara: han comprendido aunque ellos sufrieron incomprensión; se han puesto en el lugar del otro aunque a ellos no se les entendió en sus opciones; han caminado en el camino del débil, aunque ellos tuvieron que hacer su camino en fuerte soledad.

Y en esa donación han entendido bien que el éxito de la fraternidad humana es comprender, aunque no te comprendan, es acoger aunque te rechacen, es abrazar aunque te excluyan. Estarían de acuerdo con aquel poema de Malina Roche:

“No me preguntes por

los caminos por los que no he andado,

las casas que no he habitado,

las sombras que no he disfrutado.

Que sepas que he conocido sendas como las tuyas.

Por eso te comprendo”.

Ahora que iniciamos la andadura de un nuevo curso, tiempo de renovar actitudes, intenta, hermano/a lector/a del Mensajero, ponerte en actitud de comprender sin pedir nada a cambio. Te encontrarás con una grata sorpresa: cada vez te comprenderán mejor también a ti. Misterios del corazón humano.

 

Fidel Aizpurúa Donazar 


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AGOSTO-SEPTUIEMBRE, 2014

QUE NO BUSQUE TANTO SER CONSOLADO, COMO CONSOLAR

 

En busca de consuelo

Se puede decir que el itinerario de la vida humana es una búsqueda de consuelo. Busca consuelo el niño en los brazos de su madre cuando ha tenido un contratiempo. Y el consuelo materno, aunque sencillo e ingenuo, hace que la alegría vuelva a brotar entre los ojos llorosos del pequeño. Busca consuelo el anciano en sus días de fragilidad y deja sin rubor que cualquiera tome su mano y la acaricie, porque la soledad del final solamente se palia con la caricia de ahora. Buscar consuelo es, de alguna forma, sentirse vivo y amado en la fragilidad.

Un Dios consolador

Por eso no ha de extrañar que la misma Biblia presente a Dios como uno que consuela: “Como una madre consuela a su niño, así os consolaré yo; en Jerusalén seréis consolados” (Is 66,13). Ni el “temible” Yahveh, ni el “orgulloso” Israel han tenido vergüenza en mostrarse como dador y necesitado de consuelo. Porque el acto de consolar desvela las entrañas más sensibles de lo humano y eso ennoblece el caminar de las personas.

Esta experiencia de un Dios consolador es la que ha estado a la base de la certeza franciscana de que la mejor manera de ser consolado es consolar al otro y que, por ello, hay que buscar más consolar que ser consolado. Efectivamente, la llamada “Paráfrasis del Padrenuestro” de san Francisco comienza diciendo: “Oh Santísimo Padre, creador, redentor, consolador, salvador nuestro”. Fijémonos que entre los títulos más profundos de la realidad divina (creador-redentor-salvador) ha metido Francisco el de “consolador”. Para él, consolar es la obra grande de Dios y consolar al otro es hacer la misma obra de Dios.

Francisco no fue hombre de alegrías absolutas.

Él también sufrió y, por ello, buscó consuelo. Dicen sus biógrafos que le gustaba mucho citar aquel salmo que dice “mi alma rehúsa el consuelo” (Sal 76,3), porque a veces las nubes negras se agarraban a él como lo hacen a una alta montaña. Entonces corría a sus hermanos o a las humildes criaturas y éstas aportaban la alegría que le escurría de las manos.

 

Consolar a los demás.

Francisco buscó consolar a los demás. La “Carta a León” desvela algún desacuerdo habido entre Fr. León y Francisco que quiso saldar con una gran ternura. La carta dice que el hermano León haga lo que crea conveniente y que Francisco lo aprueba. Pero termina diciendo la cartita: “Y si te es necesario para tu alma por motivo de otro consuelo y quieres venir a mí, ven, León”. Francisco está dispuesto a recibir otra vez al hermano y consolarle en la medida que pueda. Porque, a veces, las cosas no se sabe cómo solucionarlas. Pero, aun en ese caso, un consuelo vale su peso en oro y es bálsamo para las heridas que aúllan.

Leía días atrás unos versos del gran poeta Francisco Brines:

Y aunque no pudo ser, no maldecir

aquel antiguo engaño de lo eterno.

Y el pecho se consuela, porque sabe

que el mundo pudo ser una bella verdad.

 

Francisco diría: Hermano Brines, lo eterno no fue un engaño, sino una verdad. Me alegro de que no lo maldigas. Y el mundo también es una bella verdad de amor, por eso tu consuelo puede ser enorme si descubres el amor. Eso es lo que nos dice Francisco este verano: consuela y serás consolado, anima y te animarás, vierte paz y encontrarás calma, ama y serás amado. Así de simple, así de profundo.

( Fidel Aizpurúa Donazar)


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JULIO, 2014

 

 

 

 

 

 

DONDE HAYA TINIEBLA, PONGA YO LUZ

 

 

 

 

 

          El caminar humano, desde los albores de la prehistoria, oscila entre la luz y la tiniebla. Mucho del esfuerzo vital de las personas se traduce en iluminar lo oscuro. Hace falta mucha luz para ello. A veces incluso habrá que reconocer que la zona de sombras de nuestra vida siempre estará ahí. A nivel social, incluso, las épocas de sombras son frecuentes y duras. Ahí están las guerras, las crisis económicas, los momentos de gran deterioro social.

          No nos ha de extrañar que cuando san Pablo resuma en una expresión el sentido de Jesús diga que lo suyo fue “anunciar un amanecer” (Hch 26,23). No tanto una filosofía, una moral, una religión, una iglesia, sino un amanecer, algo que tiene que ver con la luz. El amanecer, la luz, dice a la persona que tiene una posibilidad en las manos, que lo suyo tiene salida, que ninguna oscuridad tendrá la última palabra. Estamos necesitados de luz en la oscuridad que nos acompaña. Por eso, la oración que la piedad atribuye a Francisco grita haciéndose eco de una honda necesidad humana: “Donde haya tiniebla, ponga yo luz”.

 

          Francisco de Asís perteneció a una época mucho más sombría que la nuestra.

Hasta materialmente lo era porque nosotros pertenecemos a una cultura de la luz, mientras que él estaba todavía en un cultura de fuerte oscuridad material. Pero eso, no era lo más importante. La suya fue una época de grandes oscuridades sociales, bélicas, eclesiales incluso. Las grandes pestes asolaban Europa; las guerras crudelísimas de las cruzadas sembraban odio en cantidades gigantescas; la misma iglesia “amenazaba ruina” en la estructura de un papado imperial, de las herejías y de la decadencia del clero. No resultaba fácil ser luz en un contexto así.

          Y, sin embargo, como dice san Buenaventura en el prólogo de la LM, Francisco de Asís fue en su tiempo “una luz entre la niebla”. Cuando uno va en una noche oscura por una carretera inmerso en la niebla, cuánto agradece la pequeña luz del coche que va delante. Cuando uno está sumergido en una pesadumbre que le acogota, cuánto agradece la pequeña luz de un abrazo, de una sonrisa, de un apretón cordial de manos. Cuando uno naufraga en el océano de la tristeza, cuánto se agradece la pequeña luz de la escucha, de la acogida, del estar ahí. Francisco hizo algo de eso.

Sus medios para “iluminar” la iglesia y la sociedad no fueron muchos.

No fue una lumbrera ideológica o una potencia económica. Una pobre luz en medio de la niebla. Pero esa pequeña luz iluminó, desde entonces hasta hoy, a muchos. Iluminó porque amó.

Ese legado hemos recibido los franciscanos y franciscanas: tratar de iluminar el camino de la vida, propia y ajena, desde lo sencillo, lo humilde, lo normal. Ser luz sin avasallar, sin deslumbrar; ser luz ofreciendo amparo, no cegando con el brillo; ser luz escuchando sin cansancio, no atiborrando con grandes palabras.

          La búsqueda de la luz es hoy una necesidad.

Un ejemplo: el año pasado llegaron a Santiago de Compostela más de 200.000 peregrinos de todo el mundo. Pocos andan por motivos deportivos o estrictamente religiosos. La mayoría anda buscando luz, orientación, sosiego, descanso por dentro. Todo eso tiene que ver con la luz. Ahora que es tiempo de verano, tiempo de luz, trata de poner también un poco de luz en las situaciones humanas difíciles, “oscuras”. O por lo menos, no siembres oscuridad. Acuérdate del hermano Francisco, “una luz entre la niebla”:

 

Fidel Aizpurúa Donazar

 

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(Junio, 2014)

 

DONDE HAYA DESESPERACIÓN, PONGA YO ESPERANZA

 

          La esperanza es lo último que se pierde, decimos. Y es cierto. Pero, con frecuencia, parece que llega a perderse, en poco o en todo. Una persona sin esperanza es una persona sin horizonte; la tiniebla, el gris de la vida, lo ha absorbido y sus días discurren planos y sosos. La desesperanza personal llega a ser tan contagiosa que se puede llegar a que todo un colectivo, un país incluso, viva como sin esperanza.

Y sin embargo hay que decir que la esperanza es uno de esos dinamismos que, como la alegría y el amor, son motores de la vida. Así es, la vida se para cuando no hay esperanza. Por eso decía Pío Baroja: “Aunque tengamos la evidencia de que hemos de vivir constantemente en la oscuridad y en las tinieblas, sin objeto y sin fin, hay que tener esperanza y seguir”. Sí, la esperanza es la única manera de que no todo sea tinieblas, de que no todo sea dolor.

Francisco de Asís ha sido un hombre sembrador de esperanza.

 Toda su vida, en aquella oración ante el Cristo de San Damián, pidió a Jesús que le diera “esperanza cierta”. Es la esperanza que mantiene la certeza no tanto de saber lo que espera, sino de confiar en que se le dará lo que anhela. La “esperanza cierta” es hermana de la confianza total. Y así lo pedía Francisco porque no se cansa de repetir que su esperanza es Dios: “Tú eres nuestra esperanza”, dice en aquella cascada de requiebros que son las Alabanzas que se han decir en todas las horas (nº 6).

 

Las Florecillas de san Francisco que, aunque libro tardío, recoge muy bien el espíritu franciscano,  describe con plasticidad la siembra de esperanza que Francisco hizo en los desesperados. En aquel leproso que en la película de L. Cavani decía: “Me mataré…me mataré” y que las Florecillas dicen que “blasfemaba brutalmente de Cristo y de su madre santísima la Virgen María”, mediante su servicio entregado, logró sembrar esperanza (Flor 25).

 

Y aquellos ladrones asesinos, también desesperados, que se toparon con la bondad y generosidad de Francisco y sus hermanos, que le decían: “Padre, nosotros hemos cometido muchos y abominables pecados; no creemos poder hallar misericordia ante Dios; pero, si tú tienes alguna esperanza de que Dios nos admita a misericordia, aquí nos tienes, prontos a hacer lo que tú nos digas y a vivir contigo en penitencia” (Flor 26). Un sembrador de esperanza donde la tiniebla había puesto su tienda.

 

          El Papa Francisco ha dicho con claridad: “La esperanza no es mero optimismo. La esperanza es un don, es un regalo del Espíritu Santo y por esto Pablo dir&aac