de San Antonio
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COMUNIDAD ECLESIAL Y JERARQUÍA (Mayo, 2014)

Afortunadamente, en las últimas décadas, ha ido creciendo en la Iglesia la conciencia de pertenecer a una comunidad, en la que todos tenemos algo que hacer. Por ejemplo, aunque durante siglos los fieles cristianos llegaban a la Iglesia para “oír” Misa, a raíz de las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II, se nos ha dicho que quien celebra la Eucaristía es la asamblea de los fieles, mientras que el ministro o sacerdote preside la celebración en nombre de Cristo.

En efecto,  frente a una Iglesia, de tipo dominantemente jerárquico, se impone hoy una imagen más comunitaria, más participativa, más responsable y más familiar de la Iglesia. En la primera exposición de la vida y actividad de la Iglesia en los Hechos de los Apóstoles, se dice claramente que “los que habían sido bautizados se dedicaban  con perseverancia a escuchar la enseñanza de los apóstoles, vivían unidos y participaban en la fracción del pan y en las oraciones” (2, 42). Notemos que a los apóstoles se les reconoce la responsabilidad del magisterio, pero el resto de los bautizados constituían la comunidad eclesial bajo  tres dimensiones fundamentales: oración compartida, celebración de la Eucaristía y comunión de vida. Predomina pues la imagen de una comunidad que participa, que celebra y que comparte. Y se habla de una jerarquía que enseña y que hace signos admirables de la presencia de Cristo.

Aunque es difícil que una Iglesia, representada y gobernada por el clero, deje de priorizar el papel y la acción de la jerarquía, se impone la necesidad de que la comunidad de los bautizados tome conciencia de su responsabilidad activa en la Iglesia; sólo así cambiará su imagen, dejando de verse como una estructura, que administra servicios, y llegará a ser la comunidad, donde predomine la convivencia fraterna, la comunión de bienes, la celebración compartida de los misterios de la fe, que, como lo dice el mismo texto de los Hechos, “alabe a Dios y se gane el aprecio de todo el pueblo” (2,47).

La evangelización no será efectiva, mientras los que la llevamos a cabo, no demos testimonio de lo que proclamamos: Ser una comunidad, unida por el amor de Cristo y comprometidos en el amor al prójimo, como el mismo Jesús lo hizo en los pocos años de su ministerio.

Hno. Jesús Ma. Bezunartea

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EN EL HOY DE LA IGLESIA -    

 ¿IGLESIA EVANGELIZADORA?¿CÓMO? (Marzo, 2014)

Quiero pensar que el documento del Papa “El gozo del Evangelio” lleva camino de ser un best seller, al menos en ámbitos eclesiales. Quienes lo han leído, se darán cuenta de que para el Papa Francisco y para la Iglesia en general, la figura de una Iglesia evangelizadora es la que necesita nuestro mundo y la que responde a la voluntad misma de Cristo.

Son muchas las frases del Papa que nos ponen de relieve está misión eclesial como la fundamental, de acuerdo a su misma naturaleza.

Por ejemplo, “Pedimos a María que interceda para que la invitación a emprender una nueva etapa evangelizadora sea acogida por toda la comunidad eclesial” (n. 287). Ya desde el inicio de su pontificado, el Papa Francisco nos ha dicho de diversas maneras que la imagen de Iglesia que necesitamos es la de una Iglesia servidora del Evangelio; por ejemplo, dice: “Fiel al modelo del  Maestro, es vital que la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie” (n. 23).

Y el concepto de una Iglesia evangelizadora, está unida   a la de una Iglesia en salida.

Así lo expresa poco más adelante: “La Iglesia “en salida” es una Iglesia con las puertas abiertas. Salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas…Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo; prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”(n. 46.49).

Ahí está la respuesta a cómo ser Iglesia evangelizadora: puertas abiertas para salir por los caminos del mundo, ciudades, pueblos y parroquias, para anunciar la Buena nueva del amor a todos, sin esperar a que al toque de campanas vengan a escucharnos.

                                                   (Hno. Jesús Ma. Bezunartea)

    

 

 

Mirando a los orígenes de la Iglesia (Febrero, 2014)

 

Para entender el sentido de una institución, siempre hay que echar una mirada al origen del mismo.

El Concilio Vaticano lo enfatizó mucho en relación a la renovación de la vida consagrada. Y al hablar de los orígenes de la Iglesia, tenemos que remontarnos hasta el mismo Jesucristo cuando comenzó su ministerio apostólico y llamó a doce personas.

Estas doce personas, que nosotros conocemos como apóstoles, fueron el inicio de la Iglesia, aunque no se use todavía ese término.

Nos dice el evangelio que Jesús “subió después a la montaña, llamó a los que él quiso y se acercaron a él. Designó entonces a Doce, a los que llamó apóstoles, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios” (Mc 3, 13-15).  Dice que los llamados se “acercaron a él”, y los llamó “para que estuvieran con él”. A través de esto se indica el aspecto de comunidad; Jesús forma la primera comunidad eclesial con los Doce, que con viven con él y comparten su ministerio. Sabemos que Jesús algunas veces se retira con ellos y los adoctrina a parte; así mismo, tienen una bolsa común para remediar sus necesidades.

Aunque con ocasión de la detención de Jesús antes de morir, todos se dispersan, sin embargo, se reúnen en el cenáculo, donde Jesús se les aparece después de la resurrección y a ellos Jesús les comunica su Espíritu y les da la facultad de perdonar los pecados (Jn 20, 19-23).

A ellos también les comunica su autoridad poco antes de ascender al cielo, encomendándoles “hacer discípulos y bautizarlos” (Mt 28, 16-20). Y así sucederá el día de Pentecostés cuando Pedro predica a Jesús y en ese día se convierten varios miles de personas, de quienes dice el libro de los Hechos que “los que habían sido bautizados se dedicaban a escuchar a los apóstoles, vivían unidos y participaban en la fracción del pan y en las oraciones, vivían unidos y lo tenían todo en común” (He 2, 42-44).

Para concluir, notemos dos detalles:

Jesús no organiza a los Doce de forma que cada uno tenga su función especial diferente de los demás, excepto a Pedro, a quien dirá que será la piedra angular de la Iglesia y que confirme a sus hermanos en la fe (Lc 22, 32); y segundo, después de Pentecostés, se organiza la comunidad de forma muy espontanea y poco a poco irán surgiendo los carismas o  funciones diferentes para servicio de la comunidad, el primero de ellos el diaconado (He 6).

                           Hno. Jesús Ma. Bezunartea

 

            

 

 

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¿QUÉ IGLESIA QUEREMOS? (Enero, 2014)

 

Las instituciones, tanto civiles como religiosas, están experimentando circunstancias serias, que cuestionan y condicionan su existencia. De ahí que la Iglesia, vista como la institución que aglomera a los creyentes en Jesús de Nazaret y, más concretamente para nosotros, la Iglesia católica, está pasando por una crisis de credibilidad, no solamente en referencia a su doctrina sino incluso a su modo de existencia.

Ante esta crisis, vamos a presentar en este espacio reflexiones que nos ayuden a ser críticos de nosotros mismos y responsables ante nuestro mundo de la presencia de la Iglesia y de nuestra adhesión a ella. Porque, ante todo, hemos de recordar que la Iglesia no es propiedad exclusiva de los cristianos sino que pertenece a todos los seres humanos, a quienes Dios quiere anunciar, por medio de ella, la buena nueva del Reino de los cielos.

¿Qué ha sucedido desde que el libro de los Hechos de los Apóstoles comentaba que los que formaban la primera comunidad cristiana de Jerusalén “gozaban  de la admiración del pueblo”, hasta que la Iglesia ha sido  insultada como traidora a la causa de Jesús, de manera que sea común el dicho en la actualidad: “creo en Jesucristo pero no creo en la Iglesia” o “creo en Jesucristo pero no creo en los cristianos”, frase esta última atribuida a M. Gandhi?

¿A qué Iglesia se refirió Jesucristo cuando le dijo a Pedro:Sobre ti edificaré mi Iglesia y los poderes del abismo no prevalecerán contra ella”? ¿Qué imagen de Iglesia es creíble hoy?  ¿La de “la barca fuera de la cual no hay salvación eterna” o la que nos la describe el Concilio Vaticanos II como “sacramento –signo- universal de salvación”?

La primera imagen es un grito de alerta y de amenaza, la segunda lo es de invitación y esperanza. En este espacio, presentaremos imágenes y experiencias de la Iglesia, que hoy día se cuestionan, y otras, que se proponen desde una concepción ecuménica y una actitud de servidora de los valores del Reino en favor de la humanidad.

                                     Hno. Jesús Ma. Bezunartea